Nuevos caminos contra la violencia y el narcotráfico

¿Cómo responder pastoralmente a un contexto de violencia? Fue la pregunta que animó a un grupo de sacerdotes, religiosas, laicos y laicas que en 2006, en la casa parroquial del padre Gerardo Ouisse en La Legua, soñaban con erradicar la rabia y el dolor de sus comunidades, provocadas fundamentalmente por el tráfico y consumo de drogas. Las denominadas “marchas por la paz” fueron el punto de partida con que los legüinos iniciaron esta búsqueda. En 2011 los pobladores enviaron una carta al Ministerio del Interior pidiendo hacer algo contra la violencia, porque la represión policial no estaba siendo efectiva, y solo estaba acrecentando las distancias entre los habitantes del lugar.

A partir de este año, ese grupo, liderado por el padre Gerardo Ouisse; y por monseñor Pedro Ossandón, obispo auxiliar de Santiago y vicario de la Zona Sur; han formalizado la instancia de reflexión y han ampliado la discusión convirtiéndola en un proyecto arquidiocesano en el que participan representantes de congregaciones como los Sagrados Corazones y la Compañía de Jesús; e integrantes de instituciones de Iglesia; quienes además han elaborado un documento que está en etapa de redacción.

“Los religiosos no somos sapos, somos pastores de todos. El sapo toma posición en contra, se hace enemigos. Esa actitud no va a cambiar nada. Nosotros somos responsables de todos quienes están sufriendo, tenemos que conocer a nuestra comunidad y proponerles caminos”, dice el padre Gerardo Ouisse, sobre la innovadora mirada que ve a la víctima y al victimario como personas, y que pone énfasis crítico sobre un modelo económico y social que empuja a la violencia. Alguna de las acciones concretas que han tomado ha sido visitar en la cárcel a los integrantes de las familias que han sido detenidos por temas de tráfico, y dentro de las próximas semanas entregarán una cartilla de reflexión a las parroquias. “Consideramos al narcotraficante como persona, no como un enemigo”, dice el padre Lorenzo Maire de La Victoria, y agrega: “Es alguien que encontró una mala solución a sus problemas, pero que también puede encontrar una buena con el amor de Dios”. 

Para este grupo el problema de la violencia no es algo propio de los sectores populares, ni siquiera es propio de la naturaleza humana, “la postura del Estado ha sido más bien punitiva sobre esta realidad, y lo que nosotros queremos es poner en la mesa una mirada de esperanza, centrada en el ser humano, en que todos tenemos la posibilidad de restauración. Aquí no hay buenos y malos, hay signos de una inequidad estructural de la que debemos hacernos cargo”, explica Francisco Carreño, Encargado Nacional de Pastoral del Hogar de Cristo, y agrega: “La parroquia del padre Gerardo en La Legua tiene unos vidrios bien grandes y nadie les tira piedras, precisamente porque el respeto es un tema que tiene que ver con la confianza y con el cariño”.

Otro punto que ha entregado respaldo arquidiocesano a esta iniciativa es la presencia de monseñor Pedro Ossandón, quien como vicario de la Zona Sur ha puesto especial atención a esta instancia, participando activamente de las reuniones del equipo. “Quisiera que podamos aprender a valorar la decisión que viene de las parroquias, de los párrocos, y las comunidades. Esta iniciativa nos enseña a escuchar. Por eso lo que más espero es que este grupo de reflexión nos ayude en dos direcciones. Uno como escuela de escucha, a propósito de cuáles son las condiciones reales en las que viven los pobladores en las comunas con más dolores y sufrimientos, y segundo- en esa misma línea- hacer propuestas, en un discernimiento compartido”, dice el obispo auxiliar de Santiago cuando se le pregunta sobre su visión, la que es compartida por el padre Ouisse: “La tragedia no es que falten instituciones dedicadas a los más pobres, sino que nadie los conoce de verdad. Se hace urgente un acercamiento para saber qué necesitan, qué sueñan, cómo piensan, para conocerlos realmente”.

La confianza

Varios sacerdotes y religiosas visitan la cárcel dos veces al mes en el marco de la pastoral penitenciaria, donde comparten con personas que han delinquido. Luego acompañan a sus familiares que están afuera. Ese trabajo se hace en paralelo a la atención de quiénes han sido víctimas de la violencia. Se aborda al problema de manera integral, por eso la construcción de vínculos en clave. “Tenemos que entrar en empatía con todos los que sufren y buscar con ellos, a través de nuestra amistad, dialogar. Ser capaces de entregar un mensaje de esperanza. Para eso hacemos un compartir profundo, eso genera confianzas porque no hay una mirada de condena, nosotros no somos jueces. Si les decimos ‘eso que hiciste no está bien, no estamos de acuerdo’, pero apuntando el acto, no a la persona”, explica el padre Gerardo Ouisse. 

“Nos gustaría que antes de mirar a un narcotraficante como tal, lo veamos como un hermano, miembro de la propia familia, aunque vengamos de lugares diferentes. La propuesta del Evangelio es la creación del vínculo que se ha roto. No hay pastoral mientras no hay una reconciliación y reconstrucción de una relación que no juzga y no condena. Tú y yo somos pecadores y lo que te pasa a ti, me pasa a mí también”, dice monseñor Ossandón, y termina: “Lo que buscamos es justicia restaurativa, que incluso contempla la posibilidad que la víctima pueda encontrarse con su victimario. Ese es Jesús mismo. Él, que es la víctima, da la vida por nosotros, sus victimarios”. 

ES.PE.RE

La Escuela de Perdón y Reconciliación (ES.PE.RE) surge de la dolorosa experiencia de las guerrillas en Colombia, donde el sacerdote Rafael Narvaez constató que el modo de enfrentar el problema de la violencia era revisar la convivencia de las comunidades. Ese modelo se quiere aplicar en las zonas que viven conflictos en Chile. “Esta instancia es una capacitación, primero de sanación tanto para víctimas como para victimarios y luego de prevención para impedir que ésta aumente. Tiene dos etapas, donde el perdón te hace trabajar una ofensa vivida, en que existe una emoción atrapada, vas a ella, miras el hecho, del hecho ves al ofensor, y en él descubres un modo de poder perdonar, porque toda manifestación de violencia es irracional, y frente a esa irracionalidad, está la irracionalidad del perdón. Nadie quiere vivir atrapado en la emoción de la rabia, por eso al final se quiere perdonar, para liberarse”, explica Katie Van Cauwelaert, que participa de este grupo de reflexión y dirige ES.PE.RE desde el Centro de Espiritualidad Ignaciana (CEI).

20131004